Vicente: virtudes con nombre propio

Cientos de personas asisten a la ceremonia civil para despedir al profesor, compañero y amigo en el tanatorio Jesús de Nazareno

CRESPON NEGRO

Quienes asistieron entre la tarde del jueves y ayer al tanatorio Jesús de Nazareno, de A Pobra, pudieron comprobar que la persona a la que se velaba, el profesor Vicente Ramón Fernández García, hizo escuela, familia. Su gran corazón, su generosidad, su perseverancia, su bondad, su valentía, su afabilidad, sus risas, sus bromas, su lucha infatigable, su compromiso con las causas justas y los débiles, su palabra fácil, su personalidad cautivadora y un sinfín de virtudes e ínfimos detalles, que lo hicieron tan grande, provocan que todos cuantos tuvimos el honor de conocerlo y tratarlo sintamos un enorme vacío que será difícil de llenar, como se dijo ayer en la ceremonia civil que sirvió para darle su penúltimo adiós. Fueron amigos, alumnos y compañeros de clubes y de fatigas los que pronunciaron palabras de recuerdo y de afecto, que salían desde lo más profundo de sus corazones, hacia una persona irrepetible o, al menos, será muy complicado encontrar otra igual.

Recuerdo aún las palabras de su amigo Carlos cuando definió a Vicente como el primer fan de sus hijos, Antón y Uxía, a los que transmitió su grandeza y con los que integraba la Banda de Música de Boiro, que durante la ceremonia interpretó el “Adagio de Albinoni” y la “Marcha del Antiguo Reino de Galicia” que, junto con las palabras que se pronunciaron en su recuerdo y los aplausos y llantos de los presentes fueron los únicos que rompieron el escrupuloso silencio que se guardó en la despedida. Es normal que a los que intervinieron se les hiciera un nudo en la garganta y rompieran a llorar, algunos sin poder continuar haciendo uso de la palabra, cuando contaban sus anécdotas y experiencias del día a día con un amigo, compañero y mejor persona. Me quedo con la expresión de un alumno: “Gracias por tanto y perdón por tan poco”, pero de forma muy especial con las palabras que, entre lágrimas y con voz entrecortada, pronunció su mujer, Carmela: “La verdadera nobleza se adquiere viviendo, y no naciendo”. Siempre entre nosotros, Vicente.